0.5 – Hic Sunt Leones. Identidades en conflicto en el siglo XXI

Professore di Storia e Politica Sociale

Doctor en Historia y Política social y Director de la revista La Razón histórica. Profesor de la Universidad de Murcia (España).

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1. Prólogo. Historia de un conflicto.

Hic sunt Leones. Los mapas corográficos de la antigua Roma utilizaban esta expresión para definir a la tierra incógnita más allá de las limes del Imperio. Región de bárbaros, de incivilizados, de marginados. Eran aquellos que no compartían sus valores, sus rasgos culturales, su identidad. Una metáfora histórica que nos habla de cómo toda sociedad construye una identidad colectiva, más o menos plural, que simboliza el conjunto de normas y valores que cada elite político-social construye para hacer efectiva su concepción comunitaria y despliega, por ello, para la consecuente legitimación de su sistema de poder.

El conflicto es, históricamente, una constante social, como proceso bien de construcción bien destrucción de las Identidades comunitarias en un tiempo y en un lugar, dotado de una serie de conceptos de significado variable según el sentido del discurso político-social. El siglo XXI, caracterizado por el llamando fenómeno global de la Mundialización, nos desvela una serie de conflictos geopolíticos, de dimensión internacional pero de impacto local, que tenemos que analizar historiográficamente ante dialécticas polémicas entre las identidades que se arrogan tradicionales y las nuevas identidades construidas en el discurso[1].

Esta comúnmente conocida como “era de la globalización“, especialmente en el mundo occidental, ha cambiado las viejas lealtades identitarias, ligadas a tradiciones religiosas, vinculaciones familiares o principios nacionales que explicaban la integración en los viejos Estados sociales. La difusión del modelo liberal y consumista de origen norteamericano, profundamente individualista, generaba gracias a los medios de comunicación de masas y las redes sociales, múltiples y novedosas formas de identificación personal sobre gustos, modas y tendencias, de limitada duración y fácil expresión comercial; tendencias posmodernas que socavaban los principios solidarios o cohesionadores de las antiguas identidades, cuestionando las estructuras heredadas, y generando fidelidades de nueva raigambre y relaciones conflictuales aún por descifrar.

Pero el renacido Oriente comenzó a reaccionar, incluso con extrema virulencia, a estas tendencias homogeneizadoras, renaciendo legendarias identidades comunitarias, religiosas y/o nacionalistas, tanto defensivas como expansivas; resurgían “líderes fuertes” (Putin, Modi, Xinping, Duterte), se abrían viejos cismas (sunismo árabe vs. chiismo persa, la batalla por el Mar de China), la democracia iliberal se expandía (de la Hungría de Orbán a la Turquía de Erdogan). Y el envejecido Occidente, foco de génesis y expansión de la “identidad globalizada” por el multiculturalismo norteamericano, comenzaba a presentar debates identitarios ante problemas de unión interna (muchos de sus ciudadanos dejaban de creer en las ventajas de este proyecto) y de supuesta amenaza externa (muchos refugiados creían, en serio, que podían llegar a la tierra prometida). Los Estados Unidos de América asistían al surgimiento del nacionalista “fenómeno Trump”[2] ante las enormes desigualdades y conflictos sociales y raciales que el denominado como “mesías Obama”[3] no supo atajar y que, como es lógico en la Historia, crecen ante el freno de su expansión imperialista. Los soñados Estados Unidos de Europa, como paladín del eje atlantista, veían diversos órdagos a su dominio continental, en medio de denuncias de su falta de democracia y exceso de burocracia; así, el Brexit demostró la resistencia el nacionalismo económico y sociológico inglés, aún nostálgico de su viejo imperialismo británico (llevando al Reino Unido fuera de la Unión europea), diversos partidos identitarios comenzaban a subir sin freno en las encuestas (Alemania, Austria, Francia), y desde la frontera este se anunciaban resistencias nacionales profundas (Eslovaquia, Hungría, Polonia).

Identidades en conflicto, en un tiempo histórico concreto (Mundialización) y con un sentido histórico determinado.

2. El tiempo histórico. De la Globalización a la Mundialización.

El horizonte histórico nos habla del novedoso Sattelzeit. Un tiempo de mutación  acelerada en un mundo globalizado (Mondialisation) que la historiografía tiene que describir en el siglo XXI, analizando las causas y consecuencias de la realidad conflictiva del discurso político-social vigente (a nivel geopolítico), en sus experiencias pretéritas (retrospectiva), en sus posibilidades actuales (perspectiva) y en sus expectativas postreras (prospectiva); intentando siempre, desde la ciencia histórica, comprender la realidad o la ficción de los conceptos que dan sentido y significado al contexto que en muchas ocasiones no pretendimos recibir, que edificamos en muchas ocasiones de manera incompleta y que legaremos como éxito a recordar o fracaso a olvidar.

Esta probable realidad conflictiva del ”mundo globalizado” parte, inicialmente de su dimensión economicista original. El desarrollo de los mercados abiertos y de sus modos de producción, deslocalizados industrialmente y flexibles en las condiciones de trabajo, eliminaría toda forma de soberanía estatal y acabaría con los sistemas proteccionistas; pero el tradicional poder del Levitán de Thomas Hobbes resurgía en muchas partes del mundo como reacción estatista en naciones excomunistas o excolonizados, preparados para el combate por los recursos de supervivencia o competencia (de la pasada competencia petrolífera a las futuras guerras del agua). Y en posteriormente evidencia el impacto de esas identidades comerciales, mediáticas y compartidas ligadas a la globalización económica. Por medio de novedosas formas de consumo masivo (y obsolescente), publicitadas obligatoriamente por los monopolísticos mass media y las omnipresentes redes sociales, todo ciudadano tendría la opción de seleccionar su identidad personal y grupal dentro del catálogo oficial, desechando las seculares lealtades nacionales[4], religiosas y tradicionales. Como apuntaba Stelio Fergola:

     “C’è poi chi ha rilevato il nesso inscindibile che certi prodotti hanno con il sistema economico in vigore attualmente in Occidente. Lo stesso Preve ha collegato l’invasione mediatico-morale con l’espansione senza quartiere del liberismo successivo alla caduta del blocco sovietico” [5].

La Mundialización debía llevar pues, inicialmente, al final de las sacrosantas Identidades religiosas (dixit Henri de Saint-Simon), en especial del cristianismo en el referente de Occidente, y ante el cual clamaba Joseph Ratzinger:

“Europa, justo en esta hora de su máximo éxito, parece haberse vaciado por dentro, paralizada en cierto sentido por una crisis de su sistema circulatorio, una crisis que pone en riesgo su vida, dependiendo por así decirlo, de trasplantes, que sin embargo no pueden eliminar su identidad. A esta disminución interior de las fuerzas espirituales importantes corresponde el hecho de que también étnicamente Europa parece que recorre el camino de la desaparición. Hay una extraña falta de deseo de futuro. Los hijos, que son el futuro, son vistos como una amenaza para el presente; se piensa que nos quitan algo de nuestra vida. No se les experimenta como una esperanza, sino como un límite para el presente. Se impone la comparación con el Imperio Romano en declive: funcionaba todavía como gran armazón histórico, pero en la práctica vivía ya de quienes debían disolverlo, porque a él mismo ya no le quedaba ninguna energía vital”[6].

Y posteriormente, el “mundo global”, finiquitaría la relevancia de las Identidades nacionales y de los particularismos étnicos (dixit Woodrow Wilson). Era el momento histórico de identificaciones posnacionales fundadas en la dimensión universalista del “patriotismo constitucional“, sobre los principios político-sociales de democracia y libertad. Para Talavera en este “momento histórico”:

     “el nacionalismo resulta sospechoso de reproponer un momento superado de la historia, el periodo de las identidades nacionales, donde la tensión siempre latente entre las orientaciones universalistas de valor del Estado de Derecho y la democracia, frente al particularismo de una nación que se delimita a sí misma frente al mundo”[7].

Pero la identitas ligada “al cielo y la tierra” aparecía con nuevo vigor no solo en el Oriente tradicionalista (regímenes de democracia controlada o directamente iliberales), sino en plena Mitteleuropa[8] (partidos políticos nacionalistas, identitarios o ultraderechistas). Por ello, ambas dimensiones nos permiten abordar el conflicto más allá de la coyuntura; nos introducen en el mismo como ingrediente del “cambio histórico” que, siguiendo a Julien Freund[9], reúne a la vez las “categorías de continuidad y ruptura” en el análisis de los acontecimientos geopolíticos. La Mundialización, como “acontecer histórico” en palabras de Xavier Zubiri[10], representa esa serie de conflictos globales de impacto local, germinados en la mutación global y acelerada de los usos y costumbres colectivos, y legitimados o denunciados en el discurso político-social en su herencia, en su actualidad y en su devenir. Por ello, y como concepto, demuestra la máxima de Reinhart Koselleck, de que la supuesta singularidad historicista de un hecho es siempre superada por la síntesis explicativa de recurrencias entre fenómenos y estructuras, que pese a ser vividos y formulados de manera diferente por cada hombre y por cada sociedad, presenta conexiones y semejanzas historiográficamente señaladas como analogías, aunando los planos sincrónico y diacrónico en las viejas palabras y los nuevos significados. Por ello Koselleck señalaba que:

el historiador está obligado a ocuparse de esas analogías, porque si sólo miramos los acontecimientos singulares como eventos radicalmente únicos, particulares, no podremos llegar a explicarlos. No podremos explicar por qué algo fracasa. Cualquier explicación, incluso relativa a un hecho singular, depende de cursos de acción, de secuencias de acontecimientos…[11].

Desde el concepto y desde las ideas, nuestra concepción sobre Mundialización es la respuesta a la pregunta sobre el tiempo histórico desde la ciencia historiográfica. Recoge así, en un primer momento, “las fuentes del pasado“, lejano en su recuerdo e inmediato en su memoria, que “nos informan acerca de hechos y pensamientos, planes y resultados” de las acciones humanas, en su concepto y en su discurso, en este caso que han provocado la realidad geopolítica que sucede en el siglo XXI; pero en segundo lugar explica el tiempo histórico en el que nace este fenómeno conceptualmente definido como “cambio y continuidad“, al estar “vinculado a unidades políticas y sociales de acción, a hombres concretos que actúan y sufren, a sus instituciones y organizaciones[12]. Porque como argumentaba Xavier Zubiri, el “pasado” solo puede ser entendido “desde un presente, al no tener más realidad que la de su actuación sobre la realidad actual”. Por ello, en este segundo plano de análisis destacaba, sobremanera, nuestra actitud ante el pasado, la cual “depende, simplemente, de la respuesta que demos a la pregunta sobre cómo actúa sobre el presente”. De esta manera “según sean las respuestas, así veremos las diversas maneras de justificar el estudio del pasado, sobre la pervivencia del mismo[13].

La era de la Ilustración, de la Industrialización, de las Revoluciones políticas, del nacionalismo, de las Revoluciones sociales, de entreguerras, de la Guerra civil europea, de la globalización. Diferentes categorías, o lemas historiográficos de la etapa contemporánea, que nos hablan de ese “tiempo histórico” que complementa, supera o contraviene el “tiempo natural” cronológicamente tasado, recogiendo manifestaciones cuantitativa o cualitativas entre el cambio y la continuidad. Por ello la era de la Mundialización nos remite a hechos que vivimos y olvidamos cada día como amenaza y oportunidad entre el Occidente en busca de su Identidad y el Oriente reclamando su Independencia. Responde sobre todo a un “tiempo histórico”  radicalmente presente (de origen herdiano) que completa “el tiempo procedente de la naturaleza concebida físico-matemáticamente: los datos o la duración de una vida o de una institución, los puntos nodales o de inflexión de acontecimientos políticos o militares, la velocidad de los medios de comunicación y su ampliación, o la aceleración —o retraso— de una producción[14]. Nos habla de algo más: de los fallos y aciertos de la acción y decisión humana, de imponderables naturales y de resultados técnicos impredecibles, de transformaciones morales y espirituales incontrolables; hechos que superan las fechas, corrigen los datos, confunden los plazos.

Una determinación de nuestra época “específicamente histórica” que, si bien parte de la naturaleza cronológica, explica en su conjunto la interacción entre la “perdurabilidad o variabilidad de las formas de comportamiento social en el conjunto de las exigencias políticas o económicas con un plazo temporal“. Así nos permite una visión de conjunto de las cadenas de acontecimientos, como estudio historiográfico global de una época que reúne episodios temporales distantes o diferentes; que explica el pasado desde lo que pueden y quieren hacer los actores geopolíticos en el presente, y entiende el pasado desde lo que buscan alcanzar estos mismos actores en el futuro como expectativas o sueños[15], siempre desde una metodología que ligue el conocimiento social (personal y/o colectivo) y la investigación histórica (cualitativa y/o cuantitativa). Un tiempo que consistía en una “realidad histórica” radicalmente pasada, actual y futura para Julián Marías:

“La Historia no es una simple ciencia, sino que existe una realidad histórica. La historicidad es, en efecto, una dimensión de este ente real que se llama hombre. Y esta su historicidad no proviene exclusiva ni primariamente de que el pasado avanza hacia un presente y lo empuja hacia el porvenir. Es esta una interpretación positivista de la historia, absolutamente insuficiente. Supone, en efecto, que el presente es solo algo que pasa, y que el pasar es no ser lo que una vez fue. La verdad, por el contrario, consiste más bien en que una realidad actual —por tanto, presente—, el hombre, se halla constituida parcialmente por una posesión de sí misma, en forma tal, que al entrar en sí se encuentra siendo lo que es, porque tuvo un pasado y se está realizando desde un futuro. El «presente» es esa maravillosa unidad de estos tres momentos, cuyo despliegue sucesivo constituye la trayectoria histórica: el punto en que el hombre, ser temporal, se hace paradójicamente tangente a la eternidad. Su íntima temporalidad abre precisamente su mirada sobre la eternidad”[16].

Desde esta perspectiva historiográfica podemos comprender el significado de la “razón vital” (al más puro estilo orteguiano) de la esencia conflictiva del tiempo histórico de la Mundialización/globalización. Conflictos con raíces pasadas olvidadas, vividos en un presente a veces trágico, y elucubrados por estrategas e intereses en un futuro esperado.

2.1. De la globalización a la mundialización.

La Globalización (globalization) era el “milagro” laicista necesitado tras el derrumbe de la mitología marxista. Descubierto por el economista Theodore Levitt en su artículo “La Globalización de los Mercados” (1983), desvelaba un nuevo mundo de comercio multinacional sin fronteras e identidades reconstruidas[17]. Un proceso de totalización económica, donde el “homo economicus” de John Stuart Mill sería la última evolución[18], el “último hombre” de Fukuyama, hacedor y beneficiario de un bienestar consagrado por dinámicas económicas regidas por un “globo” ordenado naturalmente por las leyes de la oferta y la demanda. Para Fukuyama en 1992 se demostraba que “el triunfo de Occidente, de la idea occidental, es evidente, en primer lugar, en el total agotamiento de sistemáticas alternativas viables al liberalismo occidental[19]. Idea que fundaba un nuevo “Estado homogéneo universal” ideal e inevitable, ya que “el Estado que emerge al final de la historia es liberal en la medida que reconoce y protege, a través de un sistema de leyes, el derecho universal del hombre a la libertad, y democrático en tanto existe sólo con el consentimiento de los gobernados“. Por ello Fukuyama afirmaba:

“que la espectacular profusión de economías liberales avanzadas y la infinitamente variada cultura de consumo que ellas han hecho posible, parecen simultáneamente fomentar y preservar el liberalismo en la esfera política (…), y ese estado de conciencia que permite el desarrollo del liberalismo parece estabilizarse de la manera en que se esperaría al final de la historia si se asegura la abundancia de una moderna economía de libre mercado. Podríamos resumir el contenido del Estado homogéneo universal como democracia liberal en la esfera política unida a un acceso fácil a las grabadoras de video y los equipos estéreos en la económica“.[20]

Esta era la seña de identidad de la Globalización occidental. Para Gustavo Bueno, significaba “un todo” que contiene “multiplicidad de globalizaciones, y posibilidades muy variadas de relaciones (de asimilación, de conflicto, de intersección..) entre ellas“, en forma de Imperios que dominan y a quién dominar, de diversos proyectos de globalización, “imperialistas” (como el caso de la histórica disputa entre el triunfante de los Estados Unidos y el extinguido de la Unión soviética)[21].

Pero un término “milagroso” con un objetivo muy concreto: la unificación de mentes y consumos, sin clases ni orígenes, en individuos sin banderas. Explicaba, en este sentido para Bueno, un globo cerrado en sí mismo, en busca de la totalidad de un orden preconcebido, convergencia de fuerzas que atraen a sus distintas partes, excluyendo al diferente. Y pretende la uniformidad del todo, sin comprender la integridad de sus partes, creando “unidades políticas globalizadas“. Un proceso que no genera identidades propias (la identidad globalizada) sino que impone la identidad de quién domina el proceso, y no concibe conflictos fundamentales, más allá de problemas puntuales de áreas deslocalizadas del “circuito globalizador y totalizador[22].

Al contrario, otro término supuestamente parecido, la Mundialización (mondialisation) de Paul Otlet[23], mostraba el significado conflictivo del “milagro global”[24]. Nos enseñaba los miedos, los prejuicios, las luchas, los sueños de ciudadanos y regiones, de elites e intelectuales que convergían o divergían; de un polémico complexio omnium sustantiarum que no era un todo, sino una “pluralidad que propiamente, no tiene contorno ni, por tanto, entorno” no siempre en armonía; de un mundo, de diversos mundos que vivían o convivían, que integraban lo material y lo espiritual, lo cualitativo y lo cuantitativo, ya que como apuntaba Gustavo Bueno:

“una globalización, que tiene como radio un círculo máximo, por mucha capacidad englobante de otras que posea, siempre podrá ser englobada o intersectada por otras globalizaciones. Es decir, jamás podemos considerar que, tras una globalización máxima, habremos conseguido agotar la realidad y dar fin a la historia. Cualquier globalización podrá quedar siempre desbordada por otras globalizaciones o por otros procesos que ni siquiera lo son: cualquier globalización quedará desbordada precisamente por la realidad misma de Mundo”[25].

Para una compresión plural del complejo sentido y significado histórico-semántico de esta Mundialización, debemos atender a las tres dimensiones constitutivas de la interpretación historiográfica “como ciencia[26]: retrospectiva (experiencias del pasado), perspectiva (posibilidades del presente) y prospectiva (expectativas en el futuro).

Las experiencias que dieron lugar a la Mundialización, nos remiten a esa retrospectiva detectada por José Ortega y Gasset como “la subida del nivel histórico” de la civilización, por obra y gracia de un “imperio brutal de las masas“; y caracterizada por la modernización técnica y el ascenso de “lo colosal“.

Éste es el hecho formidable de nuestro tiempo, descrito sin ocultar la brutalidad de su apariencia. Es, además, de una absoluta novedad en la historia de nuestra civilización. Jamás, en todo su desarrollo, ha acontecido nada parejo. Si hemos de hallar algo semejante, tendríamos que brincar fuera de nuestra historia y sumergirnos en un orbe, en un elemento vital, completamente distinto del nuestro; tendríamos que insinuarnos en el mundo antiguo y llegar a su hora de declinación[27].

Dicha subida se manifestaba en un “proceso de nivelaciones”, mediante el cual “se nivelan las fortunas, se nivela la cultura entre las distintas clases sociales, se nivelan los sexos“, y por ello “la subvención de las masas significa un fabuloso aumento de vitalidad y posibilidades“; así se lograba “que hoy un italiano medio, un español medio, un alemán medio, se diferencian menos en tono vital de un yanqui o de un argentino que hace treinta años[28]. Nos nivelábamos como “hombre-masa” que aspiraba a vivir sin moral ninguna, sin conciencia de servicio y obligación.

Las posibilidades remitían, desde la perspectiva histórica, al aporte del sociólogo norteamericano Immanuel Wallerstein sobre el “moderno Sistema-mundo” (en paralelo al análisis complementario de Samir Amin, Giovanni Arrighi o Andre Gunder Frank). En los cuatro volúmenes de su obra The modern world-system (1974[29], 1980, 1989 y 2011) desarrolló esta concepción inspirada en la previa “teoría de la dependencia” (marcada por la interpretación marxista latinoamericana y el diverso ideario antiimperialista) y las teorías historiográficas de Fernand Braudel (que integraba lo económico y lo geográfico en la interpretación de los ciclos o niveles de la “historia total”)[30].

Esta era la base del advenimiento del dominante Sistema-mundo capitalista-liberal, surgido con en la edad moderna desde el área europea occidental (Francia e Inglaterra), basado en la revolución económica burguesa, difundido colonialmente bajo la hégira del imperialismo, generador de una creciente desigualdad entre clases y países, y fundado en una serie de polos de acumulación político-económica: nucleares, semiperiféricos y periféricos. Lo define, pues, como unidad con una sola división del trabajo y múltiples sistemas culturales; el Sistema-mundo no tiene, ni pretende tener, economías separadas, sino una estructura económica basada en la división funcional y tripartita del trabajo: el centro de decisión que marca las líneas maestras y las impone a los Estados, la semiperiferia que produce y consume lo mandado, y la periferia de donde extrae lo necesario[31]. De esta manera, la teoría del Sistema-mundo se ofrece, para Wallerstein, un instrumento de interpretación lógica y heurística que sintetiza las generalizaciones históricas y las narraciones particulares del desarrollo de las estructuras sistémicas del mismo, en especial de la base socioeconómica y cultural de cada organización política. Por ello señala dos tipos de Sistema-mundo, que dan sentido a las unidades político-económicas de cada sociedad: los antiguos Imperios-mundo (bajo una estructura política determinada) y la moderna Economía-mundo (que tiene múltiples estructuras políticas y bajo una actual formulación capitalista-liberal)[32].

Y las expectativas aluden a la tercera dimensión de interpretación historiográfica, la prospectiva, hace referencia al conflicto presente en la gran transformación cultural y social inserta en la Mundialización. Sueños y deseos, proyectos y miedos de un fenómeno que Serge Latouche definió ya en 1989 como “la occidentalización del mundo” a través de la uniformización en las formas de vivir y consumir a nivel planetario[33]. Así, a informatización de las Identidades, a través de las medios de comunicación digitales, genera el intento de difundir una “cultura global”, determinada por las “opciones vitales” ofertadas por el sistema liberal-capitalista de consumo masivo; una verdadera “cultura digital” que genera su propio  de discurso ético y simbólico, con sus símbolos visibles, sus íconos imprescindibles, sus imágenes impactantes (e instantáneas), sus conocimientos recomendados (como tendencias), sus noticias seleccionadas, sus modas obligatorias y sus sensibilidades prefabricadas, que rompen, primero, la barrera entre subjetividad y objetividad (a través de la propaganda), y segundo, el límite entre la realidad y la ficción (mediante la publicidad).

Así ven la luz Identidades desterritorializadas, que se comunican en inglés, que se manifiestan en redes sociales y fotos compartidas, que siguen a rostros famosos o a famas artísticas promocionadas, que se encuentran en centros comerciales y restaurantes de comida rápida, que se identifican individualmente con números en serie en las colas o con apodos llamativos en los foros digitales. Identidades individuales y comerciales ligados, en muchos casos, al concepto de “marca“. Un fenómeno sociocultural como “mundo posible” para ser y tener generando, para Pellicer, “una significación alrededor de un producto” mediante “la reestructuración de la realidad” por medio del marketing (tanto en sus dimensión económica como psicológica) que crea significados en los que creer y con los que identificarse[34]. Como señalaba Minestroni:

     “La marca é luogo delle mediazioni e delle riscritture, centro nevralgico di energie incrociate e convergenza di molteplici attori. La sua identitá e la sua cultura sono meticcie. Il resultato di un complesso giocco d´interazione e di evoluzione. La sua personalità ed il suo carattere derivano dalla incesante messa in discussione e trasformazione di diversi modelli culturali, stili di vita, significati simbolici. Per non morire, per non regredire, per non spegnersi piú o meno lentamente, la marca debe cambiare, adattarsi, aggiustarsi, riposizionarsi. Senza tregua”[35].

La nación dejaba de ser una comunidad histórica de referencia, cuyos naturales poseían una vinculación mutua de origen o nacimiento, y una Identidad fundada en el sentido de esa comunidad de referencia:

“la identidad nacional —como fenómeno intersubjetivo que las naciones crean para sentirse pertenecer a las instituciones nacionales— se ve afectada con la introducción de nuevos modos de vida favorecidos por el crecimiento vertiginoso de la comunicación masiva mundial, los intercambios demográficos en ascenso y la aplicación de modelos de educación internacional”[36].

Quizás emerge una “telépolis“, metáfora tecnológica de Javier Echevarría[37] tan deseada por la literatura de ciencia ficción del siglo XX , o quizás siempre estuvieron latentes la profecía de George Orwell en 1984 y la distopía de Un mundo feliz de Aldous Huxley, “con la divisa del Estado Mundial: Comunidad, Identidad, Estabilidad” o “un solo totalitarismo supranacional cuya existencia sería provocada por el caos social que resultaría del rápido progreso tecnológico en general y la revolución atómica en particular, que se desarrollaría, a causa de la necesidad de eficiencia y estabilidad, hasta convertirse en la benéfica tiranía de la Utopía. Usted es quien paga con su dinero, y puede elegir a su gusto[38].

2.2. El conflicto como esencia de la mundialización.

Este tiempo histórico, esta Mundialización, presenta pues, una explicación global, y no globalizada, de los conflictos inherentes a su dimensión política, y no solo económica[39]. De su “esencia política“, de aquella que para Freund (interpretando las tesis de Carl Schmitt) demostraba que “el hombre es un ser político, naturalmente hecho para vivir en sociedad“, y donde “lo político[40] se configuraba siempre, en su realidad conflictiva bajo tres presupuestos: la relación del mando y de la obediencia, la relación de lo público y lo privado, y la relación de amigo y enemigo.

Estos tres presupuestos permiten descifrar las claves de la política y sus conflictos en una época global de “lento declive del Estado”, donde “otra especie de unidad política se está gestando. Múltiples indicios parecen confirmar esta previsión[41]. Previsión que conectaba, en la construcción del antiguo partisano, su teoría general de Estado con su interpretación polemológica. Así, Política y conflicto, dialécticamente, iban siempre de la mano; “lo conflictivo” acompaña siempre a la sociabilidad humana, y lo polémico es una de las formas posibles en que pueden presentarse las relaciones sociales. Conflicto como realidad constructiva o destructiva, como elemento de cambio histórico que puede estimular respuestas positivas e imaginativas a una situación crítica que amenaza la continuidad de la comunidad; y que se configura como el choque o enfrentamiento intencional entre dos entes o grupos de la misma especie, que manifiestan una mutua intención hostil, generalmente con respecto a un derecho, y que para afirmar o restablecerlo, cada uno intenta romper la resistencia del otro “recurriendo eventualmente a la violencia, la cual, en caso de necesidad, puede tender al aniquilamiento físico del otro”[42].

Todo conflicto es, tanto una relación social como una actividad política. Es la relación social “producto objetivo” de toda situación, en función de las circunstancias, que genera un “choque voluntario“, con una “relación hostil” de carácter emocional, para perjudicar la integridad física o los atributos materiales o morales; que nace o desaparece de una decisión, de una manifestación de hostilidad y de la designación del “enemigo“, de la intención hostil que reivindica una determinada concepción y un sentimiento sobre la justicia y el derecho (entre las normas y las reglas). Pero también es una actividad política nacida de la voluntad subjetiva de personas, grupos y comunidades que intentan imponer su proyecto o hacer realidad sus intenciones, usando los medios posibles del acto conflictivo, en el más puro sentido maquiavélico. Medios, siempre en función de los fines perseguidos (valorando especialmente la “economía de medios“), que nos remiten a esa negociación que, en variadas fórmulas, aparece siempre, tarde o temprano, en la dinámica conflictiva como medio justo y democrático (excluyendo, posiblemente, los casos límite del genocidio o del terror revolucionario); y a esa violencia, como instrumento ultimo y radical, que aparentemente finaliza el conflicto, que descarta otros instrumentos, que puede ser abierta y directa o cerrada e indirecta, y que, por ello, puede configurarse como violencia propia de una dinámica conflictiva o “violencia generada sin conflicto abierto o declarado”. Interpretación político-social del conflicto que se manifiesta, con toda realidad y con toda crudeza, en la prospectiva de un “mundo” global que Freund también atisbó en su génesis:

La característica fundamental de nuestra época reside en que todas las actividades humanas están sometidas, al mismo tiempo, al debate interno y a una crítica radical, nadie tiene piedad. Ya no se trata de una disensión limitada a la política, a la religión, a la economía o a la pedagogía, sino que en su conjunto se les ataca a ellas, e incluso a la moral, al derecho, a la lógica o también al lenguaje o a la familia, con intención más o menos confesada de desacreditarlas. La consecuencia de ello es una lenta erosión conflictiva de toda la sociedad[43].

Un futuro mundializado bajo un “Estado universal” o la eterna rivalidad de los Estados como esencia de la política internacional para Raymond Aron:

Sería indigno dejarse hundir por las desgracias de nuestra generación y por los peligros del futuro próximo hasta el punto de cerrarse a la esperanza, pero no sería menos abandonarnos a la utopía y desconocer los trastornos de nuestra circunstancia. Nada puede impedir que tengamos dos deberes, que no siempre son compatibles, uno hacia nuestro pueblo y otro hacia todos los pueblos. Uno de participar en los conflictos que constituyen la trama de la Historia y otro de trabajar por la paz.(…). ¿Habrá que escoger entre la vuelta a la era preindustrial y el advenimiento de la era de la postguerra? ¿En esta era, la Humanidad será desconocida, homogénea o heterogénea? ¿Serán libres las sociedades comparables a una termitera o a una ciudad libre? ¿Se terminará la era de las guerras por una orgía de violencia o por un apaciguamiento progresivo?. Sabemos que no sabemos la respuesta a estas interrogantes, pero también sabemos que el hombre no sobrepasará las antinomias de la acción sino el día en que haya terminado con la violencia o con la esperanza. Dejemos a otros, más dotados para la ilusión, el privilegio de plantearse con la imaginación un punto final de esta aventura e intentemos no faltar a ninguna de las obligaciones impuestas a cada uno de los hombre, no evadirnos de una historia bélica y no traicionar al ideal. Pensar y actuar con el firme propósito que la ausencia de la guerra se prolongue hasta el día en que la paz se haga posible, suponiendo que lo sea alguna vez[44].

Conflictos identitarios marcan en devenir de la Mundialización; la epopeya del “progreso globalizado”, narrada desde 1992, aparecía truncada ante antagonismos ideológicos, étnicos, económicos y sociales supuestamente superados, inicialmente en las fronteras de las antiguas colonias americanas o asiáticas, pero progresivamente instalados en el seno de países desarrollados marcados por el paradigma del multiculturalismo como referencia de su Identidad futura. De nuevo el conflicto era “seña de Identidad” de un tiempo histórico donde hombres y mujeres, comunidades enteras, buscaban recuperar, imponer o difundir una forma de ser y vivir que dieran sentido a su existencia ante el impacto de una multiplicidad de opciones globalizadas de usar y tirar.  Por ello Laclau se preguntaba:

“Debemos referirnos ahora a las condiciones históricas que hacen posible la emergencia y la expansión de las identidades populares. Por lo tanto, la pregunta relevante en lo que a las condiciones históricas respecta es: ¿vivimos en sociedades que tienden a incrementar la homogeneidad social mediante mecanismos infraestructurales inmanentes o, por el contrario, habitamos en un terreno histórico donde la proliferación de antagonismos y puntos de ruptura heterogéneos requieren formas cada vez más políticas de reagrupamiento social –es decir, que éstas dependen menos de las lógicas sociales subyacentes y más de las acciones, en el sentido que hemos descrito?”[45].

3. El sentido histórico.

Las palabras, en la Historia, nos dan el sentido de lo que quisieron hacer y realmente hicieron los protagonistas de cada época, de los discursos políticos y los valores e ideales en ellos contenidos. En esta coyuntura, cientos de miles de refugiados intentan entrar desesperadamente en la próspera Europa, huyendo de países destruidos y empobrecidos, y clamando ayuda; los desheredados del mundo reclamando asilo, procedentes de países “salvados” por la intervención occidental, y el mare nostrum convertido en un gran cementerio[46]. El sueño de les Etats-Unis de l’Europe de Víctor Hugo o Édouard Herriot, solidarios entre sus miembros y sin fronteras interiores, saltaba por los aires, primero ante la crisis de deuda soberana entre el norte y el sur continental (2008), y después ante el miedo de la identidad nacional perdida ante la avalancha multicultural (2016) de ciudadanos clamando por la seguridad. Y que parecía cumplir la controvertida profecía de Sartori:

Conviene también precisar -añado- (y añado yo que lo añade demasiado tarde y como de pasada) que el pluralismo no se reconoce en unos descendientes multiculturalistas sino en todo caso en el interculturalismo… El multiculturalismo lleva a Bosnia, a la balcanización; es el interculturalismo el que lleva a Europa[47].

Numerosas células terroristas actuando en el corazón del Viejo continente, nutridas de ciudadanos supuestamente bienvenidos y nunca integrados. La frontera entre Oriente y Occidente en llamas, foco de un incendio que parece incontrolable: el conflicto en las estepas de Ucrania, las múltiples guerras civiles de Libia, la crónica inestabilidad de los Balcanes, los viejos miedos en las montañas del Cáucaso, la amenaza escondida en las sabanas del Sahel, el genocidio en las llanuras de Mesopotamia, la crisis económica persistente en los países sureuropeos, rivalidades renacidas en los mares de China, la irresolución histórica del problema en la tres veces santa Jerusalén (Al-Quds), la fractura identitaria en Norteamérica (entre la ideología de Clinton y la praxis de Trump), el Tigre asiático saltando la banca del capitalismo mundial. Mundialistán llega a las puertas de la tierra del progreso. La Guerra pierde su viejo sentido y el conflicto reaparece con su sentido primigenio.

Los equilibrios impuestos tras la caída del Muro de Berlín comenzaban a desequilibrarse. La vieja Europa envejecía en su demografía y en sus ideas: decidió abandonar el discurso de los padres fundadores (Adenauer, Schuman, Monnet, Gasperi) sobre una Europa de naciones con capacidad soberana e identidad tradicional[48], en pro de la homogenización cultural bajo el mandato norteamericano. La nueva América innovaba en cómo mantener su dominio imperial tras el agotamiento de la vía militarista: las elecciones presidenciales de 2016 abrían en debate entre la fuerza económica republicana o la neocolonización ideológica demócrata.

3.1. Polemos: una palabra olvidada.

Toda decisión, toda acción, conlleva consecuencias; unas planificadas, pero otras indeseadas.  La geopolítica occidental, basada en la imposición, directa o indirecta, del ideal de progreso liberal consumista en las áreas limítrofes consideradas de expansión, ha generado el fenómeno conflictivo de la Mundialización. Una realidad geopolítica y una categoría de interpretación histórica que puede explicar esa dimensión conflictiva que cuestiona el mesiánico pacifismo inserto en la proclamación “época de la globalización”, y donde la irenología de Johan Galtung (“peace studies”) debía sustituir a la polemología de Gastón Bouthoul (“science de la guerre”)[49].

Bouthoul creó el neologismo Polemología en 1946 en su libro Cent millions de morts (de polemos o guerra y de logos o razonamiento), como ciencia que estudia el conflicto o la guerra, como fenómeno social colectivo[50]; estudio del siempre espectacular y trágico “fenómeno guerra” que, a diferencia de la ciencia militar, alude a los elementos humanos, económicos, culturales, sociales, psicológicos y espirituales que de manera persistente, enfrenta a civilizaciones y pueblos, provocando transformaciones comunitarias de amplio calado. Por ello, la finalidad última de esta ciencia era “desacralizar la guerra y despolitizar la paz”, conociendo objetivamente la naturaleza y funciones de la guerra donde los hombres luchan entre sí.

Término que visualiza, en primer lugar, la realidad conflictiva del ”mundo globalizado” en su aspecto economicista primigenio. La expansión de los mercados y sus modos de producción, deslocalizados industrialmente y flexibles en las condiciones de trabajo, acabaría con toda forma de soberanía estatal y desterraría las prácticas proteccionistas; pero el viejo Levitán de Thomas Hobbes resistía en medio mundo al calor de la reacción estatista de países excomunistas o excolonizados, en plena lucha por los recursos de subsistencia (de la pasada competencia petrolífera a las futuras guerras del agua). Y en segundo lugar muestra el impacto de la identidad supuestamente homogenizada asociada esa globalización económica. A través de nuevas formas de consumo, ligadas al impacto de los modernos mass media y las redes sociales de impacto inmediato, cada ciudadano podría elegir su identidad personal y grupal, entre las ofertadas por el capitalismo digital, rechazando las viejas lealtades nacionales, religiosas y tradicionales; pero la identitas ligada “al cielo y la tierra” aparecía con nuevo vigor no solo en el Oriente tradicionalista (regímenes de democracia controlada o directamente iliberales), sino en plena Mitteleuropa[51] (partidos políticos nacionalistas, identitarios o ultraderechistas).

El neocolonialismo. A principios del siglo XXI solo podía haber un ganador. El “fin de la Historia”, que encumbró al citado Francis Fukuyama, anunciaba un dominio euroatlántico sin contrapesos. Europa, tras el fin de la Guerra fría, debía ser fiel vasallo, desde Lisboa a Vladivostok, llegando a convertir al presidente Boris Yeltsin el símbolo de lo eficaz de este omnímodo poder[52]. En América solo quedaban viejas utopías comunistas en selvas pérdidas e islas bien controladas, siendo Colombia el alumno aventajado. En África los viejos libertadores anticoloniales, y en muchos casos nuevos gobernantes vitalicios, comenzaban a ser socios comerciales de primer orden. Y en Asia, solo faltaba poner la guinda con el control de los incomprendidos territorios musulmanes, persas o árabes. La Mundialización demostraba esa pretensión de globalización económica de recursos naturales y mercados monopolizados[53].

El Nuevo Orden mundial. Zbigniew Brzezinski anunciaba, tras la caída del Muro de Berlín (Berliner Mauer) en 1989, las claves de este inevitable “ordo”. Economía liberalizada y democracia liberal, Mercados abiertos y Estados sin fronteras, Identidad global y globalización de una forma de ser y vivir. La Unión europea había sido el alumno perfecto; usaban su lengua como idioma común, consumían sus productos mediáticos, pensaban como ellos y, además, eran el instrumento privilegiado, y más próximo como “primera línea del frente”, para la batalla por la transformación de las áreas en la nueva colonización. Para Brzezinski eclosionaba una era histórica:

sin reglas de juego claras, inestable y peligrosa, con la identificación de Estados Unidos como única superpotencia sobreviviente de la guerra fría, y con la fragmentación y disgregación de las relaciones internacionales en tres regiones: Europa, la zona de injerencia japonesa y el Medio Oriente[54].

Pero en la frontera oriental algo falló. Muchas de las antiguas colonias no querían volver a serlo; resonaba el viejo grito “antiimperialista” del ghanés Kwame Nkrumah, medio siglo después, en numerosos discursos político-sociales[55]. Las marcas de moda y la televisión por satélite atraían a muchos de sus jóvenes, pero persistían regímenes “oscurantistas y medievales” que se resistían a la asimilación completa. Ante ellos, y sus incipientes ramificaciones proteccionistas o terroristas, se legitimaba un moderno modo de intervención militar; la vis legitimaría la potestas, por medio de la capacidad militar de Washington DC, como juez y parte, en cualquier espacio y en cualquier momento. Su victoria sin paliativos, en las nuevas naciones surgidas de la desintegración de la multiétnica Yugoslavia, demostraba la eficacia del sistema, amparado institucionalmente bajo la OTAN o la ONU, pero sobre todo quién mandaba y quién obedecía. Y la Guerra comenzaría a presentar numerosos adjetivos: fría y caliente, preventiva y justa, controlada y limitada, étnica y santa; palabras que hacían referencia para Carl Schmitt a esa nueva forma de “guerra civil mundial” (weltbürgerkrieg) como consecuencia de la guerra desacotada (enthegung des krieges) ante una Mundialización presidida por la pérdida de protagonismo por parte del Estado como pacificador y regulador del orden[56]. Para definir esta nueva era Giddens llegó a escribir:

“Sugiero que deberíamos sustituir las imágenes de la modernidad por las de juggenaut –la imagen de una desbocada máquina de enorme poderío a la que, colectivamente como seres humanos, podemos manejar hasta cierto punto, pero que también amenaza con escapar de control, con lo que nos haría añicos”[57].

Los laboratorios. Afganistán sería el primer experimento para el nuevo colonialismo euroatlántico del siglo XXI. Parecía imposible, pero nos hacían creer que, por las buenas o por las malas, se podía convertir rápidamente a la casi medieval nación afgana, tras la eliminación del Emirato islámico talibán, en una democracia occidentalizada sin más[58]. Si tras la Segunda Guerra Mundial, países ocupados como Corea o Japón pudieron ser prósperos y fiables aliados, Afganistán llegaría a ser un moderno “patio trasero” useño[59]. Este país, refugio de los mentores de los terroristas responsables del 11-S sería, por tanto, el nuevo ejemplo de lo inevitable de la asimilación. Pero catorce años después poco ha cambiado; el atraso y las divisiones que se querían erradicar siguen presentes, y Kabul poco se parece a la City londinense. El segundo laboratorio sería la despótica Irak. Cayó la dictadura baazista de Sadam Hussein (bajo el pretexto de armas químicas nunca encontradas), pero renació la vieja disputa histórica (de lo sectario a lo étnico) entre árabes suníes y persas chiís en forma de guerras fratricidas que siguen asolando las legendarias tierras del Creciente fértil. Y el tercer laboratorio seria el experimento de la llamada “primavera árabe”, nacida simbólicamente con la inmolación en Túnez el 17 de diciembre de 2010 del comerciante de frutas Mohamed Bouazizi[60], y donde el nuevo discurso ideológico euroatlántico demostraría la fuerza y realidad de sus palabras clave: progreso y libertad[61].

3.2. A new beginning: cuando las palabras emocionan.

El celebrado discurso del nuevo presidente norteamericano Barack Obama, en la Universidad de El Cairo en 2009, pretendía representar una nueva orientación en política internacional tras los evidentes errores de los anteriores gobiernos. Occidente y Oriente debían superar sus diferencias y caminar juntos el camino del progreso y la paz. Pero esta proclama, marcada por el ascendiente del filósofo Reinhold Niebuhr[62], y que ayudó a que el mandatario lograra rápidamente el mismísimo Premio Nobel de la Paz, seguía alimentando a Mundialistán. Porque esta nueva orientación, ahora más centrada en la presión ideológica y económica, seguía basándose en las dos mismas claves que alimentaban al monstruo: superioridad moral de Occidente, e intervención directa en la soberanía nacional.

La primavera árabe. El lema “Yes we can” no se limitaba a propaganda de consumo interno norteamericano en la “tele-democracia” anunciada por Sartori[63] y ejecutada por el Partido demócrata y sus lobbys de presión[64]. Aspiraba a ser la bandera de nuevas generaciones musulmanas abiertas a copiar la forma de ser y de pensar del mundo occidental. Pero el resultado del proyecto se ha convertido en un rotundo fracaso, al contener de nuevo el inevitable complejo de superioridad occidental. Se destruyeron viejos Estados y se alumbraron naciones fallidas; cayeron estables autócratas laicos (Ben Alí, Gaddafi, Mubarak, Saleh) ante inestables democracias fundamentalistas; se ajusticiaron a dictadores, antes socios occidentales, surgiendo guerras civiles interminables[65]; los antiguos combatientes pasaron de ser aliados circunstanciales (muyahidines) a enemigos estructurales (yihadistas); se pretendieron crear naciones desarrolladas y se consiguió el éxodo de las mismas. La “primavera árabe” que llevaba al “verano de la Guerra civil” interminable en la Siria de las “mil y una noches[66].

La Ucronía del EIIL (Daesh en árabe). Asombroso pero cierto; en pleno siglo XXI surgía un autodefinido Califato islámico en el territorio sirio-iraquí[67]. Los antiguos socios combatientes, utilizados por primera vez como aliados norteamericanos en la guerra contra la extinta URSS (en la misma Afganistán) pasaron de ser terroristas globales (Al-Qaeda)[68] a un auténtico Estado terrorista, con ramificaciones en muchas de las naciones que una vez les usaron como milicias en sus aventuras intervencionistas, y a los que en 1983 el presidente Ronald Reagan había definido como “the courageous Afghan freedom fighters battle modern arsenals with simple hand-held weapons is an inspiration to those who love freedom[69].

La Mundialización, por tanto, no habla solamente de las transformaciones conflictivas que afectan al mundo árabe, al Medio Oriente. Explica, una vez más, de las consecuencias de las alteraciones político-sociales locales de raigambre geopolítica que afecta a las fronteras nacionales, a la configuración de los Estados, a las divisiones étnicas. Quizás supone, también, un nuevo tiempo histórico que se superpone conflictivamente al pacifismo hedonista que nos prometían con la globalización bajo el mutante American way of life, capaz de moldear las sociedades tradicionales y convertir en consumidores idénticos a ciudadanos de ambos lados del globo terráqueo a modo de “metrópoli[70]; superando las antiguas estrategias de intervención militar directa del denominado como pensamiento “neocon”[71], en beneficio de recuperado proteccionismo económico del paradigmático “Made in America Again” planteado por el Boston Consulting Group (2011)[72], y bajo el proyecto de expansión sociocultural de la ideología liberal e individualista, secularista y de género, retomando el arquetipo de William Herberg:

“El estilo de vida americano es individualista, dinámico y pragmático. Afirma el valor supremo y la dignidad de la persona; subraya su actividad incesante porque nunca descansa ya que siempre tiene que esforzarse por “salir adelante”; define una ética de la autosuficiencia, del mérito y del carácter, y juzga por el logro: “hechos y no credos” son los que cuentan. Es humanitario, “a futuro”, optimista. Los estadounidenses son simplemente las personas más generosas y filantrópicas en el mundo, por su pronta e limitada respuesta al sufrimiento en cualquier parte del mundo. El estadounidense cree en el progreso, en el mejoramiento de sí mismo, y fanáticamente en la educación. Pero, sobre todo, es idealista. Los estadounidenses no pueden seguir haciendo dinero o lograr éxito en el mundo simplemente por sus propios méritos; ese tipo de cosas “materialistas” deben, en la mente americana, justificarse en términos “superiores”, de “servicio”, “administración” o “bienestar general”.. Y porque son tan idealistas, tienden a ser moralistas; se inclinan a ver todos los problemas como, simplemente un tema, blanco y negro, de la moral”[73].

Nos habla, posiblemente, de la identidad de los pueblos (nacional y global, personal y comunitaria), de los principios y valores por ella encarnada, y de los conflictos surgidos de su defensa, adaptación o su transformación, en una mundialización que pretende borrar fronteras y unificar mentalidades. La Identitas como clave del discurso político y social. Incluso en 2004, Samuel P. Huntington en su obra Quienes somos: Los desafíos a la identidad nacional americana, anunciaba este debate identitario en los EEUU, en referencia a la misión histórica del país ante el mundo globalizado y a la inmigración como factor de cambio y conflicto[74], que parece haber eclosionado en el discurso político-social del fenómeno electoral de Donald Trump en 2016[75]. Primera cuestión: quiénes somos y cómo quieren que seamos[76].

Nos muestra una competencia económica mundial que se hecho brutal, casi despiadada en los Mercados, afectando a los derechos de los trabajadores y cuestionando la viabilidad medioambiental. El modelo chino de alta productividad y bajos salarios, que tanto nos benefició sin cargo de conciencia, se traslada al mercado occidental[77]; paradojas del destino. La crisis se hace crónica y las clases bajas se sumen en la mera supervivencia ante la falta de oportunidades vitales. Afroamericanos y latinos pierden el tren de soñado American way of life; asalariados europeos ven caer sus derechos en pro del beneficio de unos pocos; migrantes de medio mundo se condenan a la eterna exclusión en los arrabales de las Babilonias contemporáneas. Segunda cuestión: qué producimos y cómo producimos.

Y nos enseña un orden político internacional que se convierte de nuevo en un campo de batalla, con viejas guerras “frías” y nuevas contiendas “calientes”, con palabras que cambian continuamente de sentido y significado en los discursos de cambio o continuidad en la sempiterna lucha por el poder. Emergentes centros de poder reclaman su soberanía y su influencia: el gigante chino, el mundo ruso, la creciente India, el poder persa, la inmensa África. Tradicionales focos de dominación se encuentran en la encrucijada: la fracturada Unión europea entre el denunciado como “populismo” de los desesperados (de izquierda anticapitalista y de derecha nacionalista)[78] y la partitocracia[79] dominante;  o la postdominación norteamericana entre las antiguas tentaciones militaristas y la defensa de las posiciones ideológicas-económicas ante el fin de su hegemonía mundial. Tercera cuestión. Quién nos manda y como debemos obedecer.

Leo Strauss y Ernst Renan debatieron a finales del ochocientos, a través de sus famosas epístolas, sobre el contenido de la identidad nacional. Tras las revoluciones políticas “románticas” y su oda a la Nación, y bajo los rescoldos de la Guerra franco-prusiana, un alemán defendía la esencia étnica de dicha identidad, y un francés su dimensión civil (Renan, 1998). Porque durante siglos, “lo nacional” se había convertido en el dogma de todo proceso identitario, superando el vasallaje interétnico de las antiguas Monarquías europeas ante el impacto de la “era de las nacionalidades”. Los Estados-nación victoriosos tras las Guerras de religión (Cuius regio, eius religio) y la paz de Ausburgo de 1555, alcanzaban su apogeo su en el siglo XIX de la mano de la nueva burguesía liberal triunfante.

Tras la Guerra mundial, e iniciado el proceso de descolonización, el triunfante modelo del melting pot norteamericano, individualista y consumista, se fue imponiendo tanto en las zonas bajo su dominio político como bajo su influencia económica. Las viejas identidades nacionales europeas daban paso a identidades grupales comerciales que pretendían superar las tradicionales nociones raciales, culturales o étnicas en la nueva época de la globalización que comenzaba a vislumbrarse. A ello colaboraba la eclosión de Mercados todopoderosos en manos de multinacionales que ponían en cuestión la capacidad soberana e identitaria de los Estados, uniformizando mediante la publicada masiva las diferencias socioculturales entre pueblos, tras la caída de la pretendida alternativa comunista e internacionalista de la extinta Unión soviética.

Así, el siglo XXI nos hablaba de una sagrada identidad individual inevitablemente modelada por las tendencias mediáticas del consumo capitalista, que daba razón “de ser y de tener” (parafraseando a Erich Fromm) al homo occidentalis como arquetipo al que todos los seres humanos debía de parecerse para subirse al tres del progreso ilimitado. Por ello, los procesos de construcción social de la Identidad pasaban de manos de la educación familiar, la formación pública o los viejos medios de publicación (de la prensa a la televisión públicas), a manos de consorcios mediáticos televisivos o digitales (de Google a Facebook) creadores de opinión y medios concienciación sin barreras posibles y bajo encargo de las elites políticas y económicas. E Identidad global, que, siguiendo a Zygmun Bauman, era propia de “un mundo líquido” donde “buscamos, construimos y mantenemos unidas las referencias comunitarias de nuestras identidades mientras, yendo de acá para allá, nos debatimos por ajustarnos a colectivos igualmente móviles que evolucionan rápidamente y que buscamos, construimos e intentamos mantener con vida, aunque sea por un instante pero no por mucho más[80].

Identidades fluidas que flotaban “en el aire, algunas elegidas por uno pero otras infladas y lanzada por quienes nos rodean”. Un “mundo liquido de las identidades fluidas”, como juego de roles, de cambio constante en las mismas, sin compromisos, sin cadenas, ya que “seleccionar los medios requeridos para lograr una identidad alternativa ya no es un problema (siempre y cuando se tenga el dinero requerido para comprarse la consabida parafernalia). Seguro que hay en las tiendas un conjunto para transformarnos en un abrir y cerrar de ojos en el personaje que queremos ser, que queremos que vean que somos, y que queremos que reconozcan que somos[81].

El “problema moderno” de la identidad fue cómo construirla y cómo mantenerla estable, señalaba Bauman; como el “peregrino“, el constructor de identidades que avanzaba en su camino hacia un futuro predefinido, sobre sólidas bases, contando la vida como un relato continuo. Pero “el problema posmoderno” se sitúa en cómo evitar que la Identidad se quede fija e inmóvil, dejando vigentes todas las opciones, y reciclándolas en todo momento; en un mundo donde también se demostraba esa decisión político-social de la construcción identitaria, ya que “la identidad, digámoslo claramente, es un concepto calurosamente contestado. Donde quiera que usted oiga dicha palabra, puede estar seguro que hay una batalla en marcha”:

 “En un extremo de la jerarquía global emergente están los que pueden componer y descomponer sus identidades más o menos a voluntad, tirando del fondo de ofertas extraordinariamente grande de alcance planetario. El otro extremo está abarrotado por aquellos a los que se les ha vedado al acceso de elección de identidad, gente a la que no se le da ni voz ni voto para decidir sus preferencias y que, al final, cargan con el lastre de identidades que otros les imponen y obligan a acatar[82].

Varios ejemplos nos pueden ilustrar de la radical transformación En la dimensión religiosa, en Reino Unido solo el 17% de los ciudadanos se vinculaba con la tradicional Iglesia de Inglaterra (anglicanos) y más del 50% con ninguna confesión religiosa[83]. En la dimensión territorial, en una España al borde de la fractura (por los proyectos secesionistas en la región de Cataluña), una encuesta publicada en 2014 recogía que el 55,3% de los habitantes se mostraría reacio a tomar parte en la defensa de España si fuera atacada mientras que y solo 16,3% se inclinaría por hacerlo sin dudarlo[84]. Y a nivel nacional en Francia, modelo histórico de integración asimilacionista, la mayoría de los terroristas yihadistas que cometieron atentados en territorio galo entre 2014 y 2015 habían nacido en el país y habían sido educados dentro del sistema público republicano.

3.3. La reacción: palabras ni de izquierdas ni de derechas.

Pero no tan de repente, emergió una reacción identitaria en varios espacios geopolíticos, bien ante nuevos contextos de neocolonización euroatlántica, bien en el contexto de crisis socioeconómica producido desde 2007-2008.  Reacción que ponía de relieve, más que nunca, el debate sobre la justificación de la distinción historiográfica entre las llamadas izquierdas y derechas, política e ideológicamente.

El mundo árabe asistió al renacer de identidades colectivas islamistas (del salafismo al yihadismo) como formas bien de resistencia interna bien de expansión externa, tras el fracaso del nacionalismo panarabista laico. El mundo persa, tras el fin de las sanciones internacionales por sus proyectos nucleares, ampliaba su espacio de actuación en el Medio oriente en defensa de las comunidades chiíes. El mundo ruso (Russkiy Mir) apareció en primera plana tanto recuperando territorios de su reclamado histórico espacio vital poscomunista (de Crimea a  Osetia) como impulsando el llamado Espacio económico y político euroasiático (junto a Armenia, Bielorrusia, Kazajistán y Kirguizistán). El mundo turco comenzó a vincular, bajo el mandato de Erdogan y su AKP, nacionalismo e islamismo mediante el recuerdo del pasado otomano y la reivindicación de la comunidad lingüística túrquica (desde Albania y Bosnia en Europa, hasta las estepas de Asia central). El llamado grupo bolivariano de Latinoamérica (Bolivia, Ecuador, Venezuela, Nicaragua). E incluso en la Europa unida, en su flanco oriental, nuevos gobiernos proclamaban las raíces naciones tradicionales de sus respectivos países (desde Hungría a Polonia), y en su núcleo occidental emergente partidos políticos identitarios ganaban espacio público y electoral (del Frente nacional francés al FPÖ austriaco o la ADF germana).

En Asía, el líder de la excomunista Uzbekistán Islom Karimov clamaba contra la inmoral cultural occidental; la nueva china comunista nacionalista-capitalista en aumentaba el control de los antisocialistas contenidos televisivos, digitales y educativos occidentales[85]; en Indonesia políticos y medios de comunicación se unían, entre el viejo nacionalismo secular-miliar de Suharto y el moderno islamismo, para limitar la influencia de la cultura americana y europea en el país[86]; y en Irán pese a la apertura económica y diplomática seguían siendo prioritarios los principios de la identidad revolucionaria islámica. En África, los presidentes de Nigeria, Senegal, Ghana, Kenya o Zimbabwe defendían públicamente los valores identitarios propios del mundo africano frente la considerada injerencia occidental, en especial en temas de religión, moral y familia. Naciones que impulsaron o ampararon, la Declaración del Grupo de amigos de la Familia en la ONU (junto a Rusia, Bielorrusia y la mayoría de países africanos y musulmanes) en defensa de la institución familiar natural como pilar fundamental para el necesario desarrollo humano sostenible (18 de febrero de 2015).

En América, se sucedieron diferentes experiencias identitarias anti-occidentales, en mayor o menor grado, agrupados bajo plataformas denominadas como antiimperialistas o bolivarianas: en Bolivia nació un nuevo Estado plurinacional, acaudillado por el sindicalista Evo Morales, a mitad de camino de la reivindicación indigenistas y el Estado intervencionista; en Venezuela, que marcó el camino de esta supuesta alianza latinoamericana de la mano de Hugo Chavez, el antiimperialismo socialista se convirtió en su principal bandera identitaria, entre el culto a la personalidad y la redistribución popular; y en Nicaragua, bajo el mandato del sandinista Daniel Ortega y el FSLN, se inició un personalista experimento de “Estado socialista y cristiano” como recogía la nueva Constitución de 2008 (Preámbulo):

“En Nombre del pueblo nicaragüense; de todos los partidos y organizaciones democráticas, patrióticas y revolucionarias de Nicaragua; de sus hombres y mujeres; de sus obreros y campesinos; de su gloriosa juventud; de sus heroicas madres; de los cristianos que desde su fe en DIOS se han comprometido e insertado en la lucha por la liberación de los oprimidos; de sus intelectuales patrióticos; y de todos los que con su trabajo productivo contribuyen a la defensa de la Patria[87].

Además, en Europa Polonia elegía por mayoría absoluta al partido conservador Ley y Justicia (PiS), en Eslovaquia los socialistas conservadores de Robert Fico (Smer) formaba nuevo gobierno con el ultranacionalista SNS de Andrej Danko. Y Hungría, el premier magiar Viktor Orbán parecía querer liderar en el viejo Continente esa reacción identitaria nacionalista frente a la homogenización euro-atlántica que convertía a la misma UE en mero centro burocrático de gestión y difusión del neocolonialismo norteamericano. En un polémico discurso, en conmemoración de la independencia de Hungría, volvía a señalar:

“Europa no es libre, porque la libertad comienza con decir la verdad. En la Europa de hoy está prohibido hablar la verdad. Un bozal es un bozal – incluso si es de seda. Está prohibido decir que a día de hoy no asistimos a la llegada de los refugiados, sino a una Europa amenazada por la migración masiva. Está prohibido decir que decenas de millones de personas están dispuestos a establecerse en nuestra dirección. Está prohibido decir que la inmigración trae la delincuencia y el terrorismo a nuestros países. Está prohibido decir que las masas de gente que vienen de diferentes civilizaciones, representan una amenaza para nuestra forma de vida, nuestra cultura, nuestras costumbres y nuestras tradiciones Cristianas. Está prohibido decir que, en lugar de integrarse, los que han llegado aquí antes han construido un mundo aparte, con sus propias leyes e ideales, forzando la estructura milenaria de Europa. Está prohibido decir que esto no es accidental ni una cadena de consecuencias no intencionales, sino que es un proyecto, una campaña orquestada, una masa de personas que se dirigen hacia nosotros. Está prohibido decir que en Bruselas están construyendo esquemas para el transporte de extranjeros aquí tan pronto como sea posible para asentarlos entre nosotros. Está prohibido decir que el propósito de establecer a estas personas aquí es volver a dibujar mapa religioso y cultural en Europa y volver a configurar su fundación étnica, eliminando de esta forma los estados-nación, que son el último obstáculo para el movimiento internacional. Está prohibido decir que Bruselas está, sigilosamente, devorando cada vez más sectores de nuestra soberanía nacional, y que en Bruselas hoy en día muchos están trabajando en un plan para unos Estados unidos de Europa, al que nadie jamás ha dado la autorización”[88].

            Y unas elecciones tradicionalmente intrascendentes evidenciaron la clave ideológica de la Identidad en este nuevo tiempo histórico. La elección del nuevo Presidente de Austria en mayo de 2016, cargo más honorífico y representativo que ejecutivo, llenaron por primera vez las portadas de la prensa de medio mundo. Norbert Hofer, del nacionalista FPÖ, y Alexander Van der Bellen, del minoritario partido ecologista, se disputaban en una reñida segunda vuelta un cargo que durante medio siglo a casi nadie importó. Y lo hacían por que el nacionalismo identitario europeo, en pleno ascenso en las primeras décadas del siglo XXI, podía acceder por primera vez a un cargo institucional de relevancia en Occidente. Por ello, todo el espectro político del país, los sectores económicos y las instituciones europeas se unieron para apoyar al candidato ecologista, finalmente ganador por solo unos miles de votos.

Un hecho que demostraba que la vieja dialéctica ideológica derechas-izquierdas, más allá de su valor simbólico en la contienda partidista, dejaba de ser útil en términos de interpretación historiográfica. Jacobinos y girondinos, revolucionarios y reaccionarios, socialdemócratas y democristianos, progresistas y conservadores. Distinciones que la experiencia austriaca demostraba fútiles para el tiempo presente: la coalición ganadora fue apoyada mayoritariamente por el mundo urbano, las elites intelectuales y las grandes empresas; mientras el partido perdedor recogió la gran mayoría del voto obrero y de las clases bajas.

Nacionalismo identitario versus liberalismo progresista. Esta parece dibujarse como la dialéctica ideológica general de referencia para explicar, a lo largo y ancho del mundo global, la construcción y destrucción de la Identidad colectiva; y que historiográficamente puede caraccterizar a la síntesis entre estatismo y capitalismo, entre socialismo y tradicionalismo, en la paradigmática de Rusia de Putin, considerada, al respecto, como la quintaesencia de esta reacción identitaria ante la Mundialización occidentalizadora, defensora de valores morales conservadores y un orden geopolítico multipolar en el citado espacio euroasiático (Armenia, Bielorrusia, Kazajistán, Kirguizistán)[89].

Vladimir Putin, en la sesión plenaria del Club de Discusión Internacional Valdai, marcaba las líneas maestras para cumplir con “la necesidad de una idea de unidad nacional con el fin de tener éxito en un entorno global”. En Novgorod, centro geográfico y cuna espiritual del Estado ruso, el presidente ruso afirmaba la necesidad de combinar la defensa de los “valores que sustentan desarrollo de nuestro país” y el análisis “de los procesos globales que afectarán a nuestra identidad nacional” en el siglo XXI. Por ello señalaba como imprescindible encontrar nueva estrategias “para preservar nuestra identidad en un mundo cambiante, un mundo que se ha vuelto más abierto, transparente e interdependiente“, haciendo frente a las preguntas “acerca de quiénes somos y quiénes queremos ser los rusos“, tras dejar una ideología soviética que no volverá o la nostalgia zarista prerrevolucionaria, y el fundamentalismo liberal de estilo occidental. “Es evidente que es imposible avanzar sin una autodeterminación espiritual, cultural y nacional“, ante los desafíos internos y externos que juzgan el éxito en las competiciones mundiales (económicas, tecnológicas e ideológicas-informativas) y los crecientes conflictos político-militares a nivel internacional. Por ello Putin defendía una Identidad fuerte y clara ya que:

“Cada país tiene que tener fuerza militar, económica y tecnológica, pero sin embargo lo principal que determinará el éxito es la calidad de los ciudadanos, la calidad de la sociedad: el desarrollo de la fuerza intelectual, espiritual y moral. Después de todo, el resultado del crecimiento económico, la prosperidad y la influencia geopolítica se deriva de las condiciones sociales. Todo depende de si los ciudadanos de un país determinado se consideran a sí mismos una nación, en qué medida se identifica con su propia historia, valores y tradiciones, y si ellos están unidos por objetivos comunes y responsabilidades”.

“La cuestión de la búsqueda y el fortalecimiento de la identidad nacional es realmente fundamental para Rusia”. Así para Putin, frente a las presiones de la globalización y las catástrofes nacionales del siglo XX, había que recuperar los códigos fundamentales y la continuidad histórica de la nación cultural y espiritual de los códigos, recuperando el respeto a las tradiciones históricas y la confianza y la responsabilidad de la sociedad. Tras el derrumbe de la URSS en 1991, el poder cayó en una elite cuasi-colonial dedicada a robar y  desligada del futuro del país, bajo poderes extranjeros dedicados a civilizar Rusia desde el extranjero, copiando mecánicamente la experiencia neoliberal, socavando la soberanía espiritual, ideológica y política, y destruyendo la identidad nacional rusa.  exterior de las esferas es una parte integral de nuestro carácter nacional.

Ante dicha experiencia histórica, había que reconstruir los fundamentos de la Identidad de Rusia, pero no desde arriba ni desde el monopolio ideológico, opciones “sin futuro en el mundo moderno“. Había que recuperar la “creatividad histórica” de la Identidad, orientada al futuro y no al pasado, como síntesis de las mejores prácticas e ideales nacionales e ideas, desde comprensión de nuestro patrimonio cultural, espiritual y tradiciones políticas bajo diferentes puntos de vista, y como “organismo vivo” donde todos los ciudadanos puedan colaborar (la izquierda y la derecha, los nacionalistas y los regionalistas, los estatistas y los liberales)[90]. Esta síntesis identitaria permitiría la “defensa incondicional” de “la soberanía, la independencia y la integridad territorial de Rusia”, de las “líneas rojas” que nadie podría cruzar, como límite para el debate constructivo sobre el futuro nacional entre los diferentes puntos de vista, superando definitivamente “ciertos hechos históricos que aún dividen nuestro país y de la sociedad”.  Por ello, Putin proclamaba que:

        “Debemos estar orgullosos de nuestra historia, y tenemos cosas para estar orgullosos. Nuestra historia completa, sin censura, debe ser una parte de los rusos, de su identidad. Sin reconocerlo es imposible establecer la confianza mutua y permitir a la sociedad a avanzar”.

Una Identidad orgullosa de los valores cristianos fundadores de la civilización occidental, negados por el bloque euroatlántico, que rechazaba las raíces y principios morales y tradicionales, culturales y religiosos de las identidades nacionales, equiparando “la creencia en Dios con la creencia en Satanás”. Bloque centrado en desnaturalizar la familia y borrar todo símbolo tradicional, y volcado en exportar este modelo por todo el mundo, abriéndose “un camino directo a la degradación y al primitivismo, lo provoca una profunda crisis demográfica y moral”. La realidad poblacional de los países occidentales, que apenas si podían “auto-reproducirse” con tasas bajísimas de natalidad, demostraba que “sin los valores incrustados en el Cristianismo y otras religiones del mundo, sin las normas de moralidad que han tomado forma a lo largo de milenios, la gente inevitablemente perderá su dignidad humana”. Así Putin sentenciaba que “consideramos que es natural y justa la defensa de estos valores. Uno debe respetar a toda minoría el derecho a ser diferentes, pero los derechos de la mayoría no deben ser puestos en cuestión”[91].

Pero la reconstruida Identidad rusa no era simplemente una exigencia interna; era otro modelo de defensa de soberanía nacional, de la particularidad regional en un mundo necesariamente multipolar. Frente al intento euroatlántico de establecer un “modelo estandarizado” con vasallos que reniegan de su propia Identidad y que extingue la diversidad del mundo, Rusia, según el esquema de Putin, debía colaborar con todas aquellas naciones que pretenden elegir libremente su propio camino de desarrollo, que reivindican su realidad original y aspiran a relaciones internacionales basada en la igualdad de derechos entre todos los países. Y Rusia ofrecía al mundo su Historia como  “Estado-civilización”; experiencia única, multiétnica y multicultural, de “influencia mutua, enriquecimiento mutuo y respeto mutuo” entre las diferentes nacionalidades rusas, presente en “nuestra conciencia histórica y en nuestro espíritu”[92].

El modelo ruso de “Estado-civilización” debía presentar, por ello, una ideología del desarrollo nacional estructurada política y conceptualmente, basada en la recuperación demográfica ante el colapso de fines del siglo XX; la protección de los derechos individuales ante los intentos de abuso o corrupción; la educación creativa, física y espiritualmente a la ciudadanía (como principal fuerza y recurso natural); la autonomía y responsabilidad de los gobiernos locales, dentro de un “federalismo ruso” adaptable; la promoción de la formación patriótica de la Gran Rusia (en la cultural, en la escuela, en los medios de comunicación), controlando la propaganda extranjera y la acción de las ONGs foráneas. Ideología, pues, capaz de ligar la singularidad de la identidad personal con la comprensión de la idea nacional, desde Kaliningrado a Vladivostok, “en el camino hacia una fuerte y floreciente Rusia”:

     “Los ciudadanos deben sentir que ellos son los propietarios responsables de su país, de su región, de su ciudad natal, como parte de sus bienes, pertenencias y de sus propias vidas. Un ciudadano es alguien que es capaz, de forma independiente, la gestión de sus propios asuntos, libremente, cooperando con los iguales”.

Así quedaba configurada la pretendida Identidad rusa para el siglo XXI.  El fundamento para un modelo nacional de desarrollo político-social, ligado a la realidad geopolítica de Eurasia no solo como estrategia de integración regional postsoviético sino como “proyecto para el mantenimiento de la identidad y diversidad de las naciones en el histórico espacio euroasiático en un nuevo siglo y de un nuevo mundo” de desarrollo global. Tras el “turbulenta y dramático período” abierto en 1991, Rusia había superado, para Putin, “las pruebas y tribulaciones, y está volviendo a sí misma, a su propia historia, tal como lo hizo en otros momentos de su historia”, y por ello:

     “Después de la consolidación de nuestra identidad nacional y el fortalecimiento de nuestras raíces, permanecemos abiertos y receptivos a las mejores ideas y prácticas de Oriente y Occidente, lo que se debe y se moverá hacia adelante”[93].

4. Epílogo. El discurso histórico de una generación.

La Historia es maestra. Nos recuerda como en 1792 los elogiados revolucionarios jacobinos soñaron con un mundo radicalmente nuevo que se impondría globalmente. Para ello encargaron al matemático Gilbert Romme y al poeta Fabre d’Églantine un origen singular, un nuevo calendario republicano exento de referencias a toda tradición. Debía ser el punto culminante de un cambio social revolucionario generador de identidad moderna de la “República de la Virtud”; basada en los ideales de Igualdad, Fraternidad y Solidaridad, los cuales serían salvaguardados por un  “Comité de salvación pública”, presidido por Maximilien Robespierre, e impuestos por una justicia popular simbolizada por la “guillotina” (con decenas de miles de ajusticiados ante el gran público). Pero solo dos años después del comienzo de esa nueva era, llamada “el terror”, el citado Robespierre fue ejecutado el 10 de Termidor del año II (28 de julio de 1794), en esa misma “guillotina” que usaron sus partidarios en pro de la “salud pública” revolucionaria[94].

Crear y destruir identidades. Una máxima histórica con causas y consecuencias enraizadas en las ideas que dan sentido al tiempo histórico de cada generación. Y que muestra como la Mundialización es algo más que una globalización económica idealizada. Conflictos diversos y profundos, interrelacionados globalmente, condicionan tanto las grandes políticas como las vidas diarias de ciudadanos anónimos, en plena lucha entre la identidad heredada y la identidad construida. Esther Kravzov apuntaba al respecto que:

“el desafío para la sociedad globalizada es preservar las distintas identidades culturales, religiosas, jurídicas, que permitan vivir en sociedades donde la diversidad de identidades esté sustentada en la misma legitimidad y respeto que la cultura dominante. En otras palabras, se trata de construir una utopía realista, en la que las identidades no se vean amenazadas. Una sociedad en la que no exista el miedo a modernizarse sin perder la identidad y en la que sea posible recuperar la riqueza cultural de mundos que han sido desdeñados e incluso colonizados por Occidente”[95].

En los años venideros podremos descifrar si esta teoría es mera especulación o criterio empírico para analizar el verdadero rostro de la Mundialización, de aquella “globalización” de ideas, tecnologías, migraciones y cambios que los profetas de la nueva centuria nos prometieron pacífica y se desvela trágica en demasiados escenarios. La Historia, magistra vitae, nos dará la respuesta, antes o después.

         “Historia vero testis temporum, lux veritatis, vita memoriae, magistra vitae, nuntia vetustatis, qua voce alia nisi oratoris immortalitati commendatur?” (Cicerón, De Oratore, II, 36)[96].

[1] Sergio Fernández Riquelme, “La Identidad y sus conflictos en la era de la Mundialización. Semántica histórica del discurso identitario”, La Razón histórica, nº32, 2016, pp. 168-199.

[2] Julio Valdeón, “Trump o la inmolación republicana”, Leer, nº 266, 2015.

[3] Miguel Ormaetxea, “La era Obama”, Dinero, nº 987, 2009, pp. 4-5.

[4] Para Álvarez Junco “la mayor parte de los estudios publicados en las últimas décadas sobre el tema de la construcción de identidades nacionales, algunos de ellos convertidos tan rápidamente en clásicos como los de Ernest Gellner o Eric Hobsbawm, han tomado sus ejemplos de Estados recientemente formados, post-coloniales o post-revolucionarios, que necesitaron socializar a sus ciudadanos en una nueva “comunidad imaginaria”. Fueron estas nuevas estructuras políticas las más necesitadas de legitimación y, por tanto, las que tuvieron que inventar, en el sentido más estricto del feliz término acuñado por Eric Hobsbawm y Ralph Samuel, banderas, fiestas nacionales y ceremonias patrióticas, así como tuvieron que erigir altares “nacionales” –monumentos, museos, academias, bibliotecas- donde venerar una cultura sacra hasta entonces desconocida. A la vez, por medio de un sistema educativo generalizado, en muchos casos estatal, justificado en principio por la necesidad de combatir el analfabetismo, impusieron la lengua adoptada por el Estado como oficial, haciendo desaparecer los dialectos locales o los idiomas hablados por los inmigrantes, y grabaron en las tiernas mentes infantiles que el sacrificio por la patria constituía una actitud moral superior al egoísmo individual“.  Vid. José Álvarez Junco, “La nación post-imperial. España y su laberinto identitario”, Circunstancia, nº9, 2006.

[5] Stelio Fergola, “Dallo Stato confessionale allo Stato ateista: i percorsi storici di una nuova religione di Stato”. Il pensiero storico, nº1, 2016, p. 117.

[6] Joseph Ratzinger, “Fundamentos espirituales de Europa”, Zenit, 27/05/2005.

[7] Pedro A. Talavera, “El valor de la identidad nacional”, Cuadernos Electrónicos de Filosofía del Derecho, nº2, 1999.

[8] Otto Luthar, “La formació històrica de Mitteleuropa”, L´Avenç, nº202, 1996, pp. 6-11.

[9] Julien Freund, Sociología del conflicto. Madrid: Ediciones Ejército, 1990

[10] Xavier Zubiri, Naturaleza, historia, Dios. Madrid: Editora nacional. 1981, p. 320-321.

[11] Véase Javier Fernández Sebastián y Juan Francisco Fuentes, “Historia conceptual, memoria e identidad. Entrevista a Reinhart Koselleck”, Revista de Libros, 2006.

[12] Reinhart Koselleck, Futuro pasado. Para una semántica de los tiempos históricos. Barcelona: Paidós, 1993.

[13] Xavier Zubiri, op.cit. p. 315.

[14] Reinhart Koselleck, op.cit, 1993.

[15] Koselleck subraya la importancia de la conexión entre pasado y futuro: cómo se “elaboran experiencias del pasado en una situación concreta y cómo expectativas, esperanzas o pronósticos se discuten en el futuro” y “cómo en cada momento presente las dimensiones temporales del pasado y del futuro se remiten las unas a las otras“. Por ello, la hipótesis del historiador germano es “que en la determinación de la diferencia entre el pasado y el futuro o, dicho antropológicamente, entre experiencia y expectativa se puede concebir algo así como el tiempo histórico“, aunque en el transcurso de generaciones se “modifica, obviamente, la relación entre pasado y futuro“. Ídem.

[16] Julián Marías, Historia de la Filosofía. Madrid: Revista de Occidente, 1980, p. XXIV

[17] Theodore Levitt, “Globalization of Markets”. Harvard Business Review, may-june 1983, pp. 92-102

[18] John Stuart Mill, “On the Definition of Political Economy, and on the Method of Investigation Proper to It”,  London and Westminster Review, October 1836.

[19] Francis Fukuyama, El fin de la Historia y el último hombre. Barcelona: Planeta, 1992, p. 6.

[20] Ídem, p. 9-15

[21] Véase Gustavo Bueno, “Mundialización y Globalización”. El Catoblepas, nº3, 2002.

[22] Ídem.

[23]Paul Otlet,  Les problèmes internationaux et la guerre, les conditions et les facteurs de la vie internationale. Genève, 1916, p. 337.

[24] Gustavo Bueno, op.cit.

[25] Ídem.

[26] Sergio Fernández Riquelme, “La Historia como ciencia”. La Razón histórica: revista hispanoamericana de historia de las ideas políticas y sociales, nº12, 2010, pp. 24-39

[27] José Ortega y Gasset, La rebelión de las masas. Madrid: Espasa, 2005.

[28] Ídem.

[29] Immanuel Wallerstein, The Modern WorldSystem I: Capitalist Agriculture and the Origins of the European WorldEconomy in the Sixteenth Century. San Francisco: Univ. of California Press, 2011.

[30] Fernand Braudel, El Mediterráneo y el mundo mediterráneo en la época de Felipe II. México: FCE, 2001.

[31] “Por ello, aparece en primer lugar, como unidad económica compuesta por cuatro fases temporales: ciclos cortos (fluctuaciones económicas), ciclos largos (desarrollo y declive estructural), contradicción (problemas internos e irresolubles del Sistema) y crisis (final agotamiento del modelo). Y en segundo lugar como unidad socioculturalmente diversa, pero marcada por una “geo-cultura” capaz de imponer la ideología del “liberalismo centrista”, que desprestigia los valores tradicionales del conservadurismo social y las propuestas radicales del socialismo estatista“. Immanuel Wallerstein, The Modern WorldSystemIVCentrist Liberalism Triumphant1789-1914. New York: The New Press, 2011.

[32] Immanuel Wallerstein, El futuro de la civilización capitalista. Madrid: Icaria, 1997, pp.27-28.

[33] Serge Latouche, L’Occidentalisation du monde. Essai sur la signification, la portée et les limites de l’uniformisation planétaire. Paris, La Découverte/Poche, 2005.

[34] Lidia Pellicer, “La marca publicitaria creadora de significado identitario. Perspectiva semiótico-lingüística”. En Tonos digital, nº20, 2010.

[35]L. Minestroni, L´alchimia della marca. Fenomenologia di un moltiplicatore di valore. Milano: Tipomonza, 2002, pp. 21-29.

[36] Héctor M. Capello, Antonio E. De Pedro, y José María López Sánchez, “El efecto de la globalización en la identidad nacional. Un análisis regional”. Revista Internacional de Ciencias Sociales y Humanidades, vol. XVII, nº1, enero-junio, 2007, pp. 67-92

[37] Javier Echeverría, Telépolis. Barcelona: Destino, 1994.

[38] Aldous Huxley (1985), Un mundo feliz. Barcelona: Plaza y Janés, 1985, pp. 10 y 12.

[39] Donna C. Cabrera (2005), “Identidad y globalización”, Universitas humanística, nº60, 2005, pp. 85-93.

[40] Julien Freund, La esencia de lo político. Editora nacional, Madrid, 1968, p. 23.

[41] Ídem, p. 716.

[42] Julien Freund,  op.cit, 1990.

[43] Ídem, p. 12.

[44] Raymond Aron, Paz y guerra entre las naciones. Madrid: Revista de Occidente, 1963, pp. 204 y 911.

[45] Ernesto Laclau, op.cit., p. 285.

[46] Datos detallados por Elena Sánchez, “Refugiados en la UE: datos y respuestas”, Economía exterior, nº75, 2015-2016, pp. 67-74.

[47] Giovanni Sartori, La sociedad multiétnica. Pluralismo, multiculturalismo y extranjeros. Taurus: Madrid, 2001, pp. 128-129.

[48] José Manuel Saiz “La visión cristiana de los padres de Europa”, UNISCI Discussion Papers, nº14, 2007, pp.115-129. Schuman escribió en el capítulo III de su libro Pour l’Europe que “la democracia debe su existencia al Cristianismo. Nació el día en que el hombre fue llamado a realizar en su vida temporal la dignidad de la persona humana, dentro de la libertad individual, dentro de un respeto de los derechos de cada persona y mediante la puesta en práctica del amor fraterno a los demás. Nunca se habían formulado semejantes ideas antes de Cristo […] La realización de este amplio programa de una democracia generalizada en el sentido cristiano de la palabra, encuentra su desarrollo en la construcción de Europa” (pp. 121-122).

[49]  Jerónimo Molina, “Gastón Bouthoul y la polemología”, Anuario filosófico, nº 40/88, 2007, pp. 187-202.

[50] Bouthoul fundó en 1945 el Instituto Francés de Polemología, sede de la revista Guerres et Paix.

[51] Otto Luthar, “La formació històrica de Mitteleuropa”, L´Avenç, nº202, 1996, pp. 6-11.

[52] Christopher Layne y Benjamín Schwarz, “La hegemonía norteamericana”, Política Exterior, nº37, 1993, pp. 83-99.

[53] John Arun, “Misión y postmodernidad, neocolonialismo y globalización”., Misiones Extranjeras, nº 239, 2010, pp. 712-730.

[54] Zbigniev Brzezinski, “Estados Unidos y el nuevo orden mundial”, Ciencia política, nº 28, 1992, pp. 87-96.

[55] El político ghanés, panafricanista e independentista, Kwame Nkrumah popularizó el término Neo-Colonialismo en su obra Neo-Colonialism, the Last Stage of imperialism (1965).

[56] Carl Schmitt, Der begriff des politischen. Berlín: Dunker-Humboldlt, 1932, p. 10.

[57] Anthony Giddens, Consecuencias de la modernidad. Madrid: Alianza, 1993, p. 132.

[58] Francisco Luis del Pino, “Afganistán: una historia turbulenta”, Clío, nº131, 2012, pp. 72-81.

[59] Cristina Eguizábal, “La política centroamericana de Estados Unidos. Los nuevos aprietos de Gulliver en su antiguo patio trasero”, Foreign affairs: Latinoamérica, nº4, 2008, pp. 56-64.

[60] Luis Andrés Bárcenas, “Primavera árabe, un laboratorio de geopolítica”, Política exterior, nº152, 2013, pp. 72-82.

[61] Muhammad Al-Madkuri, “Los discursos de la primavera árabe: una aproximación lingüística”, Revista Iberoamericana de Lingüística: RIL, nº8, 2013, pp. 133-161.

[62] José Cepedello, “Obama y el Islam: el realismo cristiano en la retórica del discurso y la praxis política del presidente Barack H. Obama ante el Islam”, Revista internacional de pensamiento político, nº9, 2014, pp. 31-51.

[63] Desarrollada en Giovanni Sartori, Homo videns. La sociedad teledirigida. Madrid: Taurus, 2001.

[64] Wilson Gomes, Breno Fernandes, Lucas Reis y Tarcizio Silva, “La campaña online de Barack Obama en 2008”, Cuadernos de HIdeas, vol. 3, nº 3, 2009, pp. 1-20.

[65] Sobre las controversias respecto al caso libio, véase Miguel García Guindo y Beatriz Mesa, “Libia: la nueva guerra por el poder económico”, Revista CIDOB, nº109, 2015.

[66] Mario Ángel Laborie, “Siria: guerra, sectarismo y caos”, Panorama geopolítico de los conflictos 2013, 2013, pp. 63-100.

[67] Javier Jordán, “El Daesh”, Cuadernos de estrategia, nº173, 2015, pp. 109-148.

[68] Ignacio Fuente, “El Yihadismo en su contexto histórico”, Cuadernos de estrategia, nº 173, 2015.

[69] “Message on the Observance of Afghanistan Day”, March 21, 1983 (the President’s message was taped at 11:12 a.m. in his study adjoining the Oval Office at the White House).

[70] Florentino Portero, “El complejo de metrópoli. Memoria histórica y percepción de amenaza en Europa”, en VVAA, ¿Qué piensan los neocon españoles?: veinte años de análisis estratégico. Barcelona: Ciudadela, 2007, pp. 237-245.

[71] BARDAJÍ, Rafael Bardají, “Una visión neoconservadora del mundo de hoy”, VVAA, ¿Qué piensan los neocon españoles?: veinte años de análisis estratégico. Barcelona: Ciudadela, 2007, pp. 29-41.

[72] Andrés Ortega, “La re-americanización de la globalización”, Real Instituto Elcano, 28/10/2014.

[73] William Herberg, Protestant, Catholic, Jew: an Essay in American religious sociology. Chicago: University of Chicago Press, 1955.

[74] Samuel P. Huntington, Who Are We: The Challenges to America’s National Identity. New York: Simon & Schuster, 2004.

[75] Gunnar Bjorrnson, “Donald Trump-The realist”, Katehon, 22/12/2015.

[76] Francisco Javier de Lucas, Globalizació i identitas: claus polítiques i jurídiques. Barcelona: Editorial Pòrtic, 2003.

[77] Iliana Olivié, “Globalización para reducir la pobreza. ¿El modelo chino?”, Documentos de Trabajo del Real Instituto Elcano, nº30, 2005.

[78] Fenómeno estudiado en sus orígenes por, José Álvarez Junco, “El populismo como problema”, en José Álvarez Junco y Ricardo González (coord.), El populismo en España y América. Madrid: Catriel, 1994, pp. 11-38.

[79] Término popularizado, y analizado, en España por Gonzalo Fernández de la Mora, La partitocracia. Madrid: Instituto de Estudios políticos, 1977.

[80] Zygmunt Bauman, Modernidad líquida. México: FCE, 2003, pp. 61-62.

[81] Ídem, pp. 35, 149 y 178.

[82] Ídem, pp. 86 y 163.

[83] Telegraf,  05/03/2006.

[84] El Mundo, 03/09/2014.

[85] “Chinese Official: No Western Values in the Classroom … Except for Marxism”, The Wall Street Journal, 10/03/2016.

[86] “Islom Karimov geylarni “ruhan nosog‘lom”ga chiqardi”. BBC Uzbek, 06/02/2016.

[87] La posterior Ley de Seguridad soberana de Nicaragua (Ley 919), aprobada en 2015, y sometida a cierto debate sobre su función de control, recogía en su art.1 la esencia de su Objetivo de: “preservar, promover y mantener la seguridad soberana que busca la unidad del país en fe, familia y comunidad, por medio de previsiones y acciones que involucren a trabajadores y trabajadoras, el empresariado, los productores, las productoras y a la sociedad en su conjunto, mediante políticas de alianzas en beneficio del país“. Y la misma, en su art. 7 señalaba como “política de defensa y seguridad soberana” el: “conjunto de acciones, de líneas o directrices que responden al marco constitucional y legal, prevaleciendo la participación de todos los sectores bajo una política de alianza y un modelo de fe, familia, comunidad, prácticas solidarias, valores cristianos, familiares e ideales socialistas“.

[88] Viktor Orbán, “Speech by Prime Minister Viktor Orbán on 15 March”, Kormany, 16/03/2016.

[89] Sergio Fernández Riquelme, “Política social en la Rusia del siglo XXI: la modernización conservadora”, Katehon, 22/03/2016.

[90] Vladimir Putin. “El destino de Rusia. Discurso ante la Asamblea federal” (Послание Президента Федеральному Собранию), La Razón histórica, nº 26.

[91] Vladimir Putin, “Es imposible avanzar sin la autodeterminación espiritual, cultural y nacional”, RT, 20/09/2013.

[92] Un Estado construido en el transcurso de un milenio según un modelo orgánico como el señalado por el filósofo Konstantin Leontyev, evolucionado en “el florecimiento de la complejidad” como un Estado-civilización, reforzado por el pueblo ruso, el idioma ruso, la cultura rusa, la Iglesia Ortodoxa rusa y de otras religiones tradicionales del país. Modelo que conformaba la forma de gobierno que, de forma flexible, ha intentado acomodar la especificidad étnicas y regionales “para garantizar la diversidad en la unidad“, y la concordia e igualdad entre confesiones (cristianos, judíos, musulmanes y budistas), entre creyentes y ateos, y con ello “la libertad de conciencia para todos los ciudadanos”. Misión histórica al alcance a través de “una identidad cívica sobre la base de valores compartidos, una conciencia patriótica, la responsabilidad cívica y la solidaridad, el respeto por la ley, y un sentido de responsabilidad por el destino de su patria, sin perder el contacto con su origen étnico o sus raíces religiosas”. Ídem.

[93] Ídem.

[94] BELLOC, Hilaire, Robespierre. Barcelona: Planeta-De Agostini, 1996, pp. 56-58.

[95]KRAVZOV, Esther, “Globalización e identidad cultural”, Revista Mexicana de Ciencias Políticas y Sociales, nº 187, 2003, p. 244.

[96] Véase CICERÓN, Marco Tulio, Sobre el orador. Madrid: Gredos, 2002.

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